Mi madre siempre me prohibió detenerme
paulatinamente en los puestos de
periódico, ella dominaba que mi interés
en aquella edad no obedecía precisamente
a la reflexión de los contenidos
bursátiles o fiscales que los diferentes
periódicos de aquella época publicaban, sino más bien conocía
de ante mano que mis ojos entonces inquietos y libidinosos, se
podrían desplazar hacia la zona norte del local y reparar en la
tan variada miscelánea de revistas pornográficas, que desinhibidamente
se exponían ante la mirada de cualquiera.
Con el paso del tiempo y a manera en que mi morbo se
fue difuminando para dar cabida al entendimiento, me pregunté,
?por qué habría mi madre de prohibirme aquel buffet de pieles?
Meditándolo más a fondo creí que ese tipo de incómodos
momentos que le causaron a mi madre ?y que seguramente a muchas
otras madres con escuincles precoces como yo ? se pudieron
haber evitado con el sólo hecho de regular, al pie de la letra, las
publicaciones e ilustraciones que se exhibían impunemente ante
todo público, tal como lo marca El Reglamento Sobre Publicaciones
y Revistas Ilustradas.
Dicho reglamento que hasta hoy sigue rigiendo el destino del
contenido textual y gráfico de nuestra literatura cotidiana, se ha
convertido en un listado de obsoletos y corrompibles preceptos.
Con un antig?edad de veintiocho a?os, este reglamento
que se jacta de ser protector de la educación, cultura y moral
familiar, data de 1981 y asegura que para su creación obedeció
a acuerdos internacionales como lo fue la Convención para
Reprimir la Circulación y Tráfico de Publicaciones Obscenas,
realizado en Zurich hacia 1923.
Dichos puntos internacionales que servirán para comprender
este artículo, rezan así:
- Castigar toda producción escrita o plástica
obscena con fines de comercio,
publicación o exhibición pública.Penar todo tráfico de cualesquiera objetos
obscenos.
- Pugnar la manutención, arrendamiento,
distribución y exhibición de objetos
obscenos.
- Sancionar los servicios humanos que se
consideren obscenos.
Para un mejor entendimiento, compréndase obsceno como
?impúdico u ofensivo al pudor? según la Real Academia de la
Lengua Espa?ola.
Irremediablemente las reacciones saltan al empalmar los
hechos con la teoría, circunstancias que no permiten esclarecer
cómo diarios de circulación nacional como es El Metro, publique en sus Avisos Oportunos servicios como los que otorga ?Wendy?
quien a manera de mercancía se describe como: ?g?erita, 19
a?itos, oral candente, excelente cuerpazo, ojitos verdes, consentidora
y extremadamente sensual?; por el otro lado el periódico El Gráfico en sus artículos logra publicar ?brillantes? notas como
?Captan seno de Lindsay Lohan? o peor aún en las inmediaciones
del periódico La Prensa con marcar el número *69692
(numero sexual), las chicas que aparecen en la plana te invitan a
?seducirlas y enamorarlas para que te prendas con ellas?.
La pregunta es, ?qué acaso esto no rebasa lo obsceno y reposa
en lo vil?, ?no es esto una pública bofetada al filtro de cuyos
diarios chicos de diez a?os pueden hojear?
Sin desviarnos por el precario panorama de algunos periódicos
mexicanos; todavía una avalancha de corrompibles leyes
nos espera.
Resulta que el Reglamento de Publicaciones y Revistas
Impresas cuenta con sólo cinco comisionados
calificadores para regular las labores
en materia en todo el país, los cuales son
asignados por la Segob y de quienes aún
no se conoce el criterio exacto que ejercen
para determinar qué es inmoral y qué es
lo contrario.
Ante esta arbitrariedad, la moral pública,
valor por el cual ?supuestamente?
este reglamento custodia su protección
y penalización, determina en su artículo
siete, un dictamen que, a juicio de usted
lector, podrá poner en serio cuestionamiento.
ART. 7?- Las publicaciones de contenido
marcadamente referente al sexo,
no presentarán en la portada o contraportada,
desnudos, ni expresiones de
cualquier índole contrarios a la moral
y a la educación; ostentarán un lugar
visible propias para adultos y que sólo
podrán exhibirse en bolsas de plástico cerradas.
Para ejemplificar la ?eficacia? de estas especificaciones y
?resaltar? la labor del omnipresente quinteto de comisionados,
muchas publicaciones mexicanas dan un claro ejemplo profesional
de la evasión y de la imposición prosaica de sus imágenes.
Las contraportadas de los diarios El Gráfico y El Metro, cuentan periódicamente con reversos sino marcadamente referentes
al sexo, sí un tanto alusivos al mismo, los cuales ?deberían?
ser penalizados e impedir la exhibición diaria de sus modelos
semidesnudas.
La colocación de las publicaciones por parte de los vendedores
apoyan el espíritu voyersita mexicano, pues poco son los
que cubren con bolsas de plástico las revistas vaquero, o quienes
colocan la revista Paradero 69 en la sección de adultos o peor aún
quienes no las venden a menores de edad.
La alusión al sexo como un atractivo para la compra de
un diario es alarmante y entristecedor, esto queda como clara
evidencia de los intereses de México por el desarrollo cultural
de sus ciudadanos.
La ley en primera instancia no se cumple, y en muchos casos
ni se conoce, pero el conocimiento ?formal? y ?objetivo? que
en teoría deberían brindar los periódicos nacionales, se vuelve
una fiel contradicción de la misma legislación: el resguardo de la
educación a través de las publicaciones.
Pero aclaremos que este
reglamento no sólo pugna a
quienes violan el conjunto de
principios de vigencia general de
un país social determinado, o sea
su moral pública, sino también a
aquellos que en su contenido induzca
a los vicios, ataquen la imagen
y cultura de México, ejerzan la
sedición y empleen expresiones contrarias
a la corrección del idioma.
La pregunta entonces ?después
de hojear el semanario Alarma de
contenido expresamente amarillista
donde el sadismo y frialdad de los asesinatos
son viva evidencia de un México
abatido por la violencia ? es, ?qué esto
no perjudica la imagen del país?, ?qué no su: ?violola, acuchillola y matola? generan
un lenguaje inexistente en sus lectores
poco cultivados?
La falta de cuestionamiento y desinterés
de los ciudadanos por el control de los contenidos en la
literatura nacional, aunado a la inmutación de las autoridades y
la despreocupación de la justicia, han hecho de México un país
regido, por el ?libertinaje de expresión?.