Y cuando pensó que ya había perdido, por enésima
vez, una porción más de su esencia; cuando lo atacó el máximo pesimismo, amargado con un ínfimo toque de ira, la de rojos destellos; mientras el esfuerzo provocado por un amor destruido lo agotaban, fue que decidió salir del café. Pagó como lo hubiera hecho cualquier otro, aventó poca propina con desgano y salió con paso tranquilo hacia la muchedumbre.
Notó que la lluvia había cesado; pero el olor a humedad no era menos represor que el condensado aroma a café del local. Caminó esquivando y chocando con ciertos despistados indiferentes,
de quienes podía extraerse lo corriente de su pensamiento
de la sola lectura de sus facciones. Para él, el cambio apenas comenzaba.
Horas antes, Antonio había forzado la rasposa puerta de madera del Cafesote. A su parecer el nombre del lugar resultaba vulgar, así como su ubicación, sus productos, la clientela, los dependientes y hasta la descarnada campana que sonó con el movimiento de la puerta. Un sonido perturbador. Ya un paso adentro, un olor más a encierro que a café dominaba el clima. Pensó que apenas había escapado del calor infernal para entrar a un bochorno atosigante. Nada de alivio hasta este punto. Tal vez no los sentía desde hace mucho; ni el calor, ni el bochorno.
El alivio menos. Olvidó el día que dejó de sentir. Visto el entorno, el crujiente parqué, de pobre imitación, le facilitó una ruta hacia la barra. El lugar era peque?o, viejo, amontonado y un poco oscuro. Lo único rescatable era una mísera terraza de dos mesas, a nivel de la calle, donde el ambiente mejoraba. No mucho. Al menos aminoraba la angustiosa sensación de asfixia librando al sombrío Antonio, el de largas reflexiones, tanto del calor como del bochorno. Vaya liberación, irrelevante. En ese lugar nunca sentía.
Apenas obtuvo algo para tomar, se dirigió hacia la terraza
como acostumbraba. Nunca se había cuestionado cambiar de lugar para el café de la tarde. Era una parte de sí mismo. Compartían ambos su mediocridad. Los esporádicos clientes
del peque?o comercio consideraban a Antonio parte del mobiliario. Ni la a?oranza más profunda, ni la más decidida disposición, podían arrebatarle la mesa de la terraza una vez instalado en ella. Y era frecuente. Pasaba horas, normalmente solo, con una mirada pensativa, casi perdida. Algunos días le acompa?aba alguien, sin mucha novedad. Viendo hacia la calle,
recargaba un brazo en el barandal, de vieja madera, que lo separaba de la muchedumbre. A su lado izquierdo, entonces, quedaba el sofocante interior. Al derecho, el incesable cause del vespertino andar de la gente.
Definitivamente había algo que Antonio no entendía. De observarlo cualquiera se hubiera dado cuenta. Pero la cotidianeidad
lleva y trae de forma vegetativa, sin consideración a casi nada. Pudo Antonio en plena terraza dise?ar una estrategia
anarquista de masiva aniquilación, gritarla, insultar a los transeúntes, burlarse de su intrascendente andar en la masa, pretender una falsa homosexualidad, incitar el morbo, blasfemar
contra todos los santos, desnudarse, reconocer su falta de personalidad, mostrar su funesta consideración hacia todo tipo de autoridad, y en fin; aún así no lo hubieran notado. Sólo era parte del mobiliario. Era la verdad; él mismo se entendía tan corriente como el piso del Cafesote. Disfrutaba la poca atención que provocaba a los clientes, y nunca había aspirado a más.
Sus reflexiones, sin embargo, tal vez no fueran tan corrientes
como el resto de su entorno. No entendía, y por lo mismo había ido más allá. O por lo menos había intentado. Antonio comenzó la espera, de largos minutos, hundido en el estado meditabundo propio de las últimas semanas. últimas semanas que discurrieron lentamente. ?Qué le atormentaba tanto? Hasta el semblante le había cambiado. De ser una persona
confiada, orgullosa y altiva, ahora parecía baja, encorvada
y fuente del amargo olor a resignación. Simulaba a un preso tal vez, con las comisuras de los labios caídas, los ojos a medio abrir, las cejas inexpresivas, y una arruga, de desolada expresión, en la frente. Así pensaba, mientras la gente chocaba
sus bolsos y pertenencias contra el barandal, zarandeando un poco la mesa y prácticamente todo el local, de rechinante madera.
Habría llevado quince minutos de inadvertida cavilación cuando empezó a llover. ?Esto no es normal?, pensó. Menos cuando la gente seguía amontonándose por las calles, imperturbables.
Hace menos de una hora el calor era insoportable.
?Nada es normal en este punto, más bien.? Y continuó su absorción.
?Repasemos con orden y serenidad. Algo encontraré esta vez. Llevo dos a?os con ella, no jugamos al plan del amor eterno, sabemos qué sucede. Tenemos proyectos, disposición, bueno, ella no tanto. Sí, ella seguro piensa en otras cosas. ?En qué pensará? Yo pienso en ella, en todo lo que le puedo ofrecer. Creo que no le ha sido suficiente, pero ?ella me da más? Yo no espero nada. Siempre me hace sentir en deuda. Tal vez no aprecie
mi esfuerzo. Igual no lo hago. Tampoco me lo dice. Parece que no le importa, o no lo puede decir, o se desgasta mejor en otras cosas, o ni siquiera se da cuenta.?
?Yo soy tranquilo, reservado; pero muy expresivo cuando de ella se trata. Nunca le he escatimado una sonrisa, un beso, una caricia. La llevamos bien, no es para que me sienta así. Algo ha cambiado en ella. Debería saberlo, la conozco mejor que todos. Ella parece tranquila; pero ya no me enga?a. Esta definición me convence más: es una falsa carcasa de inhibida
sobriedad. Eso. No importa cuánto se reserve, conmigo no puede disimular. Conozco el monstruo que esconde tras la ínfima
apariencia de bellos ojos. Explota la volubilidad, derrama seco desprecio, encuentra el desquite, mata las ganas, insulta al sentimiento. Insaciable. Parecieran dos personas diferentes. Sí, son dos personas diferentes. Inconciliables. Tal vez por eso no puedo con ella, siempre impredecible, inexplicable, casi despreciable.
No, eso no. Pero cada reacción es diferente. Lo único seguro en ella es el egoísmo.?
?Y de nuestra relación; otra historia. Salió algo diverso. A últimas fechas, me siento tan atrapado. Debió afectar la idea del matrimonio, la tornó más inverosímil, misteriosa. A veces
toda la atención para mí, otras nada. En ciertos momentos
pienso que no está sino en un lugar lejano. Allí no hay comunicación alguna, ni compasión, atención, conmiseración, condescendencia. Si me atrevo a regresarla a tierra, enloquece; cambia el color de sus ojos. Entonces toda la culpa recae en mí: porque sí, porque no y porque tal vez. Y no viene, y no habla, y no se va, y no escucha, y sólo piensa en ella misma. En esos momentos ni de la compasión que le inspiro se acuerda. Seguro por eso no se va. ?Qué será lo que la liga más a mí? Entre la compasión o el amor, así entendido, no sé con qué me quedo. Mientras se quede ella.?
Pudo seguir horas en similares conjeturas, de desgastante
curso. Pero el devenir de las cosas decidió que justo en ese momento sonara la atroz campana, de broncínea superficie, por el movimiento de la puerta. Helena, de bellos ojos, entró con su seguridad característica. El tránsito de la vida parecía más amable en cada uno de sus movimientos. La dulzura de su pose, el misterio en la expresión, el dominio del momento, la lucidez radiante y siempre aparente. No ordenó nada, sino que caminó directo a la terraza. Para infortunio de Antonio no iba sola. Junto
a ella, prominente, amenazante y saboreando a su presa, llegó la Ofuscación. Como una ni?a que no puede esperar, necesitada de una merecida diversión, corrió hacia Antonio. Viéndolo se o tres aspiraciones más.
En el momento mismo que Helena recorrió la silla para sentarse, la temperatura del aire debió aumentar unos dos grados
centígrados. La crecida densidad del mismo, golpeó de lleno la cara, de atónita mirada, del enamorado Antonio. El pobre, con la divertida Ofuscación sobre sus piernas, la terrible
Helena y el asfixiante aire cálido oprimiéndole, necesitó un mayúsculo esfuerzo para atropellar un inaudible ?Hola?. El ?mi amor? sólo lo pensó. Helena apenas lo notó. Lucía elegantemente
una verde camisa de varios conejos adornada. Su mirada
recorrió de izquierda a derecha el lugar, desde la multitud, pasando por el poco relevante Antonio, hacia el amontonado interior. Ella rompía con la mediocridad del lugar, de su prometido,
de su compromiso y de todo lo que se hubiera visto hasta entonces. Desentonaba. ?No sé cómo te gusta tanto venir aquí?, saludó. Antonio por poco no regresa, después de perderse
en la bella mirada. ?Bueno?, respondió con gran esfuerzo, en lo que pudo ser con dos milagros y una ayuda extra, un pobre intento de justificación. La Ofuscación estaba decidida: Antonio
no hablaría en presencia de la terrible Helena.
Tiempo después, cuando Helena marchó sin más novedad,
nublando de nuevo el de por sí lúgubre ambiente, la Ofuscación aún se quedó un rato. Ya no era necesaria. Por más que Antonio se considerara clarividente y analítico de su relación,
ante los ojos de cualquier interesado no entendía mucho. No estaba lo suficientemente distanciado de sí mismo, de ella, de ambos. Estaba aprisionado realmente, apremiado en todo momento, más confundido que nunca y enamorado perdidamente
de una mujer que no existía. La Helena pura bondad, alta consideración, siempre amor, no era más que una mujer indiferente,
infiel, y eso sí, muy comprometida para las sagradas nupcias. El equilibrio estaba roto y la relación se había vuelto un favor constante y unilateral. Antonio jamás podría pagar la deuda. Una eternidad de indiferencia quedaba sepultada por un ínfimo detalle de atención por parte de Helena. Más por curiosidad, que por compasión, o que por amor, o por lo que sea. Antonio sólo era una distracción, un sano entretenimiento. Tal vez él no entendía mucho, sólo sufría los crueles efectos de la infatuación. Pero si en venganzas hubieran entrado; si Antonio hubiera entendido la terribilidad cernida sobre él, y hubiera deseado el mal sobre Helena, no hubiera tenido que hacer nada. Helena vertió la Ofuscación sobre él. Sin embargo, justa penitencia a su falta de piedad, habíase condenado en el mismo momento a la Gran Incongruencia, de inexorable crueldad, hija de la Confusión.
Al marcharse preguntó a su prometido: ??Te quedas?? A dónde iría, pensó Antonio. ?Sí, esperaré a que cese la lluvia.? Helena pareció más que conforme retirándose sola. Todo ese tiempo, desde la llegada hasta la partida de la prometida, un muchacho, con una grosera torpeza tal vez nunca antes vista, trataba de bajar unas cortinas pendientes del raído techo de la terraza. No logró hacerlo. Y en caso de que hubiera podido, si su objetivo estribare en proteger a la respetable clientela ?Antonio
y Helena? de la cruel lluvia, hubiera fracasado igualmente.
Aunque pareciera difícil determinar, tal vez esas cortinas fueran lo más insultantemente mediocre de aquél lugar. Pensar
que mientras la lluvia y Helena asediaron a Antonio, él no pudo respirar de tanto calor que sentía. Su prometida, sin duda, resultaba más amenazante que el peor torrencial. Sencillamente
atroz y devastadora. No obstante, mientras estuvo con ella volvió a sentir. El calor, la asfixia y el vacío no fueron gratos; pero sí reales.
No tuvo mucho tiempo a solas. Mintió. Se quedó en el café para atender una segunda cita, menos impactante, igualmente
significativa en el tránsito del día. Aunque la segunda absorción en el Cafesote resultó más breve, dado el poco tiempo,
le potenció el amargo sabor de boca. La sonriente Ofuscación
seguía observándole, él tan mediocre, en la misma pose. ??Qué quiere de mí? Aceptó casarse, no lo dudó.? Cómo iba a dudarlo. Tal vez faltaba en Antonio el mínimo de intuición para darse cuenta. Helena quería tenerlo por siempre. Jamás dudaría casarse con él. El matrimonio garantizaba evitar lo único a lo que ella temía: que Antonio tarde o temprano la dejara. Con la petición y la promesa, logró aferrarlo ?Y por qué quererlo allí con ella, bajo esas condiciones? ?Para qué un amor por siempre así? Nadie quiere un amor en su tránsito final, en la destrucción. Helena misma no podría contestar. Tal vez la Incongruencia sabría, pero primero diría una cosa y después otra. No es muy confiable. Entonces ni la incongruente Helena,
ni el ofuscado Antonio, ni el lector, ni Dios, sabrán qué buscaba Helena en ese amor, salvo el sólo tenerlo.
Pero los pensamientos de Antonio no llegaban muy lejos, cíclicos sobre nubladas conjeturas. Como ya se ha visto, pudo quedarse así otro tiempo, pero la campana, de putrefacto bronce,
rugió nuevamente. El ambiente se ti?ó de Banalidad, la de alegres colores. Realmente no afectó mucho al aire, ya corriente
de por sí. Roco caminó indiferente, confiado como siempre. Ni siquiera vio a Antonio a los ojos cuando se sentó. Su primo le interesaba poco. Pocas cosas le interesaban, lo mínimo a lo
mucho. Aunque sabía qué esperar, no le preocupaba. En lo que respectaba a su primo, ni desprecio sentía. Antonio siempre tan bonito y triunfador, resultaba mejor bloqueado de su mente. Al menos Roco lo pensaba así, dentro del tierno afán de siempre ver a medias las cosas, o ver el lado simple, o no verlas. Delgadas gotas de brillante agua caían de entre sus finos cabellos, a través de sus ojos.
La plática tardó en comenzar. Primero se observaron. ??Cómo estás chiquitín?? Algo ya había cambiado en la voz de Antonio, lejana ahora al reprimido hilo ladrado ante Helena. ?Estoy. Vengo porque me lo pides, sabes que este lugar es odioso.?
Roco no tenía nada mejor que hacer, y frecuentaba ambientes
aún más mediocres, pero trató de mostrar cierta dignidad. ?Sabes para qué quería verte.? La frase fue cortante, asesina de toda falsa cordialidad, de intrascendente normalidad. El amor fraternal que sentían el uno por el otro también había transitado
hasta la destrucción. Roco respiró. ?Sí, sí. Seguro ya te has enterado. Te lo dijo ella o fue sólo tu brillantez, como sea. Que sepas no cambia nada. O qué.? Aun con la pretensión de Roco de sonar retador, eso hubiera sido demasiado profundo. La Banalidad
sólo le permitió verse cínico. Antonio lo notó. ?Eres un acomplejado. Si te acuerdas ?no? Y un perdedor también. Pero no aspiras a mucho.? Siguió el silencio.
Roco ya sabía qué decir: la hiriente verdad. Ignoró lo antes dicho. ?Ella sólo quiere que la ames para siempre?. Habló tranquilo,
con destellante lucidez, carencia de los enamorados. ?Tú eres la base y yo la cúspide. Dale un respiro, ya tendrás tiempo para tirártela tú solo el resto de tu vida.? Roco no amaba, por eso la facilidad, la simpleza, el cinismo. La Banalidad no ciega, aunque
empobrezca otras cosas. La ira, de rojos destellos, se lució en los ojos del no tan lúcido Antonio. Mejor hubiera escuchado
la explicación, llena de reluciente verdad. La ira de sus ojos no salió, correctamente reprimida por la sensatez, de apacible claridad. El control de la situación para Antonio resultó más asequible; Helena no estaba cerca. ?Pues qué te digo, ahora eres como un colega. En dado caso ella tiene la culpa. Tus palabras no me llegan. Sólo quería recordarte tu Banalidad.? No tenía que hacerlo, Roco cargaba con ella siempre. No la olvidaba nunca. O ella a él, tal vez. Antonio tampoco la entendía mucho, sólo tenía que decir algo.
No duraron mucho tiempo juntos. Roco encontró alguna mentira corriente para irse, y Antonio prefirió no pensar que se iría con Helena. Seguramente con él sería menos asfixiante, más accesible, contagiada por la Banalidad. Sin duda más felices en sus ratos de deseo y satisfacción. Ejercían un amor simplificado, de truncado tránsito, evitando heroicamente la destrucción, de inexorable comparecencia, y todo sentimiento que pudiera propiciarla.
Transitaban en lo más alegre, lo seguro, sin pretensiones de alcanzar lo mejor. Todo a su respectivo costo: la mediocridad. Una relación mediocre, como casi todo. Antonio jamás pudo explicarse
cómo Incongruencia y Banalidad se llevaban tan bien. No las notaba así.
El último rato, la reflexión final del día, fue el más pesado. El esfuerzo, de agotante sensación, se tornó visible en este punto. La cabeza recargada en el brazo, las otras extremidades escurridas,
la mirada cansada, igualmente perdida, la vulnerabilidad descarnada, la expresión desesperanzadora. Decidió irse. Pensó que ya había perdido una porción más de su esencia. Lo atacó el pesimismo, enardeció la ira, la de rojos destellos. Pagó, aventó una taca?a propina y salió. La humedad se esparció por su cara. La lluvia había cesado. Su sensibilidad ahora emergía, regresaba. Caminó entre la indiferencia de los andantes, chocante, visible para cualquiera no tan indiferente. La mediocridad lo rodeaba, y él descargaba la propia en el entorno, regresando paulatinamente.
Una vez fuera todo en él empezó a cambiar. Se irguió, caminó
seguro, acercándose más a la preciada tranquilidad. Volvió la penetrante mirada, el seguro andar, la intrínseca belleza, el conocimiento de la misma; todo de manera ascendiente. La expectativa del último encuentro dentro de aquél día lo hacía regresar.
En la medida que se alejaba de Helena y su Incongruencia,
de Roco y su Banalidad, respiraba de mejor forma. Disfrutaba
el tranquilo andar. Un respiro, exorcista de su mediocridad, verdugo de la débil Ofuscación. Ni siquiera la tumultuosa acera, aunada a la pesada humedad, de grisácea tristeza, podían arrebatarle
la dulce satisfacción del amargo desquite. Ya lo esperaban aquellos labios rojos, de pecaminosa carnosidad. Por primera vez en el día iba a entenderse con alguien, con aquéllos, quienes siempre le brindaban una dulce experiencia de eficiente comunicación.
Comunicación destructora de una relación, que culmina un amargo tránsito que jamás vuelve sobre sí mismo. Pero a la vez, madre de otro. Uno de preciosa precariedad, nula reflexión, de poco conflicto. Un tránsito más amable al cuerpo y corazón, los de egoístas reclamos. Tránsito intrascendentemente dulce. Tal vez el Sinsentido, de infiel proceder, fuera una mejor vía. Con estos pensamientos, expulsado momentáneamente el amor enfermo, y disfrutando la efímera consolidación consigo mismo, Antonio caminó rumbo a aquellos labios rojos.