Acostumbrarse a una habitación lleva tiempo. Incluso después de lograr negociar algún acuerdo (de esos que se escriben sin palabras y que se firman con sudor, sue?os y algunos cabellos), está el problema de dejar la habitación
por algunos días para pasarlo en algún otro sitio. No importa si se trata de unas vacaciones tomadas a rega?adientes; de una borrachera que se prefirió terminar, mareado
y de mala gana, en algún sofá ajeno en vez del hospital o la cárcel; o de una de esas noches en las que se construyen fábulas personales con alguien apenas conocido; el resultado es el mismo, la habitación tiene modos de hacerte recordar que estuvo ahí, esperando, olvidada durante todo ese tiempo.
Y es que, no todas las habitaciones te permiten entrar, así, como si cualquier cosa, y dormir a pierna suelta. Al final de cuentas
uno viene cargando con todos esos ronquidos y chillidos; esos movimientos estrambóticos como de poseso; ese hablar sinsentidos con frases entrecortadas; ese rechinar de dientes moliéndose, ese llanto involuntario e inexplicable; en fin, esos hábitos que adquirimos en quien sabe cuántas habitaciones de casas, departamentos y hoteles, todas distintas, lejanas y extra?as
a aquella en la cual buscamos pasar, así, como si cualquier cosa, la noche.
Sin siquiera saludar, cruzamos el umbral y nos echamos a la cama con nuestra ropa sucia de polvos forasteros. Con lodo de otros jardines, nuestros zapatos manchan el piso de manera distraída o, mejor dicho, desinteresada. Con los sue?os tejidos en otras camas queremos dormir esa noche olvidándonos de cualquier cosa y olvidando también, imposible negarlo, que darle sentido a todos esos hábitos le llevó su tiempo al cuarto al que regresamos. Encontrar compases y armonías en los ronquidos,
encuadres y fluidez en los estremecimientos, y poesía y retórica en las diatribas sonámbulas, es una labor de amor y paciencia que no necesariamente está en la naturaleza de todas las habitaciones.
Así por ejemplo, la relación con mi habitación fue larga
y difícil al principio, (quizás porque había sido un ?rebote?, para olvidar otra en la cual pasé varios a?os, demasiado felices,
culposamente felices, en mi infancia). Dos días sí y otro también, cada vez que tocaba, desprevenido, el picaporte de la puerta o la manija de una ventana, me llevaba una bofetada de estática. únicamente dejaba de recibir descargas el tiempo suficiente como para que olvidara mis precauciones (caminar de puntillas, alargar las mangas del suéter o la camisa para no tocar directamente el metal, sobar la madera de la puerta como queriendo apaciguar las cosas), me sintiera seguro y confiado de nuevo cuando ?zap! otro choque me hacia brincar hasta el techo y recordar quién mandaba.
Por si eso fuera poco, los sue?os (esos productos de la cópula entre el durmiente y sus angustias, fantasías e historias a medio escribir), se transformaban, sigilosos y acechantes, en horrendas pesadillas. En el mejor de los casos, los sue?os que buscaba construir como contrapeso a una realidad asfixiante, se desbarataban todos a mitad de la noche. El día siguiente siempre despertaba con la sensación de haber intentado comer un helado que se derritió demasiado rápido dejándome a la vez pegajoso, triste y frustrado. Pero de chicas guapas rendidas a mis pies, de trabajos a la vez absurdos y divertidos en los que pagan toneladas de dinero, de llegar a una nueva escuela dónde encajaba como si me estuviesen esperando desde la eternidad, de eso no había nada en mi repertorio onírico; estoy seguro que mi habitación tuvo que ver con ello.
Con el tiempo sin embargo, no sé si por aburrición o por costumbre, dejó de erizarme los pelos cuando tocaba alguna cosa. Los sue?os, si bien nunca se volvieron películas de Hollywood
con chicas sonrientes y atardeceres eternos, al menos dejaron de ser perturbadores o desmoralizantes, y algunas veces
incluso eran inspiradores (aunque con esas ideas pocas veces
he podido hacer gran cosa). Al parecer, de alguna forma nos estábamos acoplando. No era una de esas fusiones pasionales y perfectas a las que se refieren las novelas rosas, sino más bien una vecindad tolerable de dos entes difíciles y necios, si bien amigables a su manera.
A veces llegaba con algún póster o una foto para pegar en sus paredes carcomidas. También había tardes en las que cerraba las cortinas demasiado gruesas y me ponía a escuchar un disco una y otra vez, sintiéndome melancólico por un pasado
inventado por mí mismo. Creo que todo esto favoreció el acoplamiento.
Me imagino que cuando llegamos a conocernos así, tan completamente desnudos, sin teatralidades ni intimidades construidas, sin cuadros extravagantes ni muebles inútiles, inevitablemente
comenzamos a ceder. Los espacios reducidos y las paredes ligeramente desgastadas poco a poco me iban pareciendo
acogedores o, al menos, discretos. Supongo que la habitación
acabó acostumbrándose a mis brincos y calambres nocturnos y tal vez incluso, se entretuvo tratando de darle sentido lógico a mis soliloquios subconscientes.
Algunas veces así pasa. No siempre las cosas deben tener ese aire de ?...y vivieron felices para siempre?. Al final de cuentas, en el fondo ambos sabemos que esto no es algo permanente. Que probablemente
fabrique otros sue?os y tenga
pláticas de sonámbulo acostado en otras camas, quizás incluso, con otras personas. Que tal vez en adelante
no pueda pasar la tarde escuchando
música con la cual dancen luces y sombras en los techos, esquinas
y paredes. Que habrá otras personas
que vengan a dormir aquí, escondiendo
sus cuentos y diarios debajo de la cama (a lo mejor alguna chica guapa preocupada por otras cosas que descifrar ese lenguaje secreto del sexo opuesto).
En todo caso, sé que no estaré en posición de exigirlo, pero me parecería un bonito y sutil gesto que al menos, una o dos veces, aquél nuevo ocupante recibiera una descarga eléctrica o uno de esos sue?os con mu?ecos demoníacos y asesinos; si acaso, para sentir que es parte del protocolo, una novatada que aún se estila, un hábito que se sigue contrayendo para contagiarlo o perderlo en otras habitaciones.